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Romance del Enamorado y la Muerte.


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Texto del Romance | Comentario del romance


Romance del Enamorado y la Muerte


El texto de este Romance se incorpora, en consideración a la dificultad existente para obtener las ediciones en que está incluído, y a que se trata de una obra perteneciente al dominio público, por lo cual no se afectan con ello derechos de autor.




Un sueño soñaba anoche,
Soñito del alma mía,
Soñaba con mis amores
Que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca
Muy más que la nieve fría.
- ¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
Ventanas y celosías.
- No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
- ¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy de prisa se calzaba,
Más de prisa se vestía;
Ya se va para la calle,

en donde su amor vivía.
- ¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio
Mi madre no está dormida.
- Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a tí, vida sería.
- Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
La Muerte que allí venía:
- Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.


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Comentario del Romance del enamorado y la Muerte

En este romance se percibe claramente la orientación común en el romancero, de exponer un tema en forma breve y adecuada para suscitar en un público que lo escucha recitar o cantar, cierta forma de interés; utilizando un argumento muy preciso, una situación concreta, y aludiendo a valores que son comprendidos por todos.

El carácter esencialmente lírico de este romance, hace que aunque esté escrito y presentado graficamente como una tirada de versos, de todos modos se adviertan en su estructura ciertos elementos que asumen cierta unidad; y cierta diferenciación de momentos, en sentido cronológico, que hubieran justificado la división estrófica.

Si bien es cierto que se trata de una obra que por su espontaneidad originaria debe considerarse poco trabajada, primitiva y sencilla desde el punto de vista estilístico; de todos modos emplea algunas técnicas - o trucos - claramente identificables; tanto con el objeto de suscitar determinados estados de espíritu en el oyente a que está destinado como para permitir concentrar su relato en los puntos focales esenciales.

No es posible atribuir el título a un autor individual ni, por lo tanto, considerar que haya sido un elemento preconcebido; pero de todos modos ha sido muy bien elegido, porque tiene el efecto de inducir plenamente acerca de su contenido. Desde el inicio individualiza un protagonista por lo menos principal, masculino, y que se encuentra en un estado espiritual definido y determinante: enamorado.

Por otra parte, lo enfrenta la Muerte, no solamente como una contingencia - a la vez temida e inexorable - sino además personificada de manera antropomórfica y convertida asimismo en protagonista.

Es preciso tener presente que en la actitud cultural medieval, y especialmente en los niveles populares, la muerte era una circunstancia omnipresente. Por una parte, la religiosidad exacerbada que continuamente prevenía ante el pecado y el castigo ultraterreno; por otra, las condiciones sanitarias e higiénicas que conducían a que no solamente sobrevinieran las grandes mortandades producidas por las epidemias (la peste), sino especialmente a enfermedades endémicas que producían gran índice de mortalidad infantil y un bajo promedio de vida.

Por lo tanto, la presencia de la muerte, que de por sí debía suscitar cierto grado de angustia por su sola mención, aparece en este romance (en cuyo texto la escritura con mayúscula tiene relativa proyección en la “interpretación” oral), como un antagonista del enamorado, que adquiere la misma importancia protagónica que él; y que precisamente por su condición de enamorado, con su aparición abrupta suscita un estado de compasión y simpatía con él.

El romance se inicia con dos versos, en cuyo transcurso se emplean cuatro vocablos alusivos al sueño; uno de ellos en una sustantivación diminutiva: “soñito”.

Esa referencia inicial al sueño, suscita una interpretación ambigua en cuanto al contenido totalmente onírico del romance. Puede considerarse que en su estructura existe un primer momento en que se relata un sueño; pero posteriormente el relato se refiere a hechos reales, durante los cuales el enamorado va a buscar a su amada y termina cayendo frente a su ventana.

Estrictamente, no hay una indicación específica que diferencie qué pueda ser relato de un sueño de qué pueda ser realidad. Por lo tanto, también es posible que la totalidad del relato contenido en el romance sea un sueño; lo que permite darle una dimensión sin duda especial, como un suceso plenamente imaginario, en el cual existe cierto apartamiento de las reglas de la lógica de la realidad, y que refuerza su efecto poético.

También existe un doble sentido de exposición en el empleo reiterado de las referencias iniciales y reiteradas al sueño. Especialmente cuando el mismo es mencionado con un diminutivo que encierra una valoración apreciativa, inmediatamente ratificada con otra referencia ambigua, a que el sueño es “del alma mía”. Esta expresión tanto puede ser indicativa de que el sueño era agradable, placentero, porque se encontraba con su amor en sus brazos; como una referencia a irrealidad de una experiencia onírica que no ocurre en el cuerpo sino en el alma.

En la estructura del romance, a pesar de ser una tirada de versos, se perciben claramente tres unidades, de idéntica conformación; cada una de ellas se integra con un primer tramo que conforma una exposición de relato, y un segundo tramo constituído por un discurso directo, bajo forma de diálogo o por lo menos de elocución propia de un personaje.

En el primer tramo, constituído por los 16 versos iniciales, los primeros 6 versos contienen un relato efectuado en primera persona, por el propio enamorado.

Es fácil advertir que en su interpretación cantada, ese recurso a la aliteración (repetición del sonido de la S), habría de producir un peculiar efecto acústico.

“Anoche” implica una referencia temporal; que siendo coherente con la circunstancia de que el enamorado - que asume en estos primeros versos el papel del relator de su propia vivencia - estuviera soñando y por tanto probablemente dormido. Pero la calidad de enamorado que tiene a su amor en sus brazos, podría significar que en realidad el sueño no era el fenómeno fisiológico sino una actitud de evocación, de ensoñación, una fantasía de amor.

La aparición de la Muerte es anticipada mediante el uso de adjetivos anteriores a su mención expresa, “blanca” y “fría”, que aluden a la palidez y frialdad que siempre se asocian a ella; y que se acentúa por la comparación superlativa del frío propio de la nieve, que se menciona en forma redundante. También se suscita un elemento de perplejidad que asume coherencia con su carácter sobrenatural, al marcar la interrogante de cómo ha podido entrar a un recinto totalmente cerrado.

De inmediato, cambia el enfoque que deja el relato a cargo del enamorado, por un discurso directo en tiempo presente, lo cual aporta un impacto más fuerte. El diálogo de los dos protagonistas, el enamorado y la Muerte personificada, implica un juego de violento contraste producto del error del enamorado, que mientras se complacía un instante antes teniendo imaginativamente a su amada en sus brazos, creyó haberla tenido ante sí (con una obvia alegría implícita) pero sorpresivamente se encuentra con la oposición más drástica posible, dado que se trata de la Muerte, más que nunca indeseable en su estado de enamoramiento. Estado que el personaje de la Muerte muestra tener muy presente, cuando para nombrar al enamorado lo designa “amante”.

La Muerte es presentada, por lo demás, como un designio divino, la envía Dios; y ello, en el contexto de religiosidad medieval, tanto acentúa su inexorabilidad como la torna aceptable.

El ruego del enamorado hacia la Muerte, pidiéndole un día más de vida, expresa su ansia de vivir su amor, y la angustia de eludir su destino. De alguna manera, el amor obtiene una cierta consideración; la Muerte no le concede el día pedido, pero sí una hora, lo que pauta la continuidad del poema al implantar un elemento de urgencia, angustia y frustración.

El segundo período - los 17 versos siguientes - tiene una conformación descriptiva de hechos que pudiendo ser totalmente reales y aparecer por tanto como una oposición al ambiente irreal, de sueño, del período anterior; igualmente podría ser una mera continuación de éste.

Hay también un primer tramo en que se produce un relato, pero ahora ya no en boca del enamorado sino de un observador externo, que describe las acciones del enamorado al vestirse, calzarse y salir apresuradamente para dirigirse a la casa de su amada. Existe una certera forma de expresar en forma breve una serie de actividades cuya enunciación es en cierto modo excesivamente detallista al mencionar por separado que se coloca ropa y calzado, pero al mismo tiempo marcando la forma apresurada mediante una referencia inicial a la prisa luego reiterada pero incrementada.

De inmediato, sin una referencia expresa al cambio de lugar, existe un traslado de escenario, desde el cuarto del enamorado al exterior de la casa de su amada; lo que marca una forma sumamente eficaz de abreviar el relato así como de suscitar un mayor estado de suspenso. Esto se trasunta en que ella inicia el diálogo con el enamorado, respondiendo a una petición de permitirle entrar, que también está elíptica. La amada, ignorante del motivo determinante de la presencia del enamorado, opone argumentos impidientes para acceder a recibirlo; que a la vez importan explicitar el carácter subrepticio de su encuentro amoroso al no haber salido su padre ni estar su madre dormida.

La urgencia del enamorado, trasuntada en la forma verbal imperativa de sus expresiones, se acentúa con la sugerencia de que si lograra llegar junto a su amada, la Muerte no lograría alcanzarlo: “junto a tí, vida sería”, dice, y ello evoca el estado espiritual del enamorado que, lejos de su amada, se siente morir.

Cuando la amada, comprendida la razón de la presencia y urgencia del enamorado, accede a recibirlo, manifiesta su aceptación al indicarle que tenderá un cordel de seda; pero agrega que si fuera necesario añadiría sus trenzas, actitud que en el contexto cultural medieval bien puede tomarse como simbolizando que le ofrece su virginidad.

En el tercer período, conformado por los cuatro últimos versos, se suscita un adicional elemento de ambigüedad, así como se logra un efecto de desenlace expuesto en términos fulminantes, mucho más breves que todo el desarrollo anterior.

Puede interpretarse, llegado el momento final, que el romance expresa una situación poeticamente trágica, sea que toda ella esté conformada por un sueño o que solamente haya ocurrido un sueño que provocó la visita del poeta a su amada pero sin que hubiera logrado hacerlo a tiempo para llegar junto a ella, y en el último instante, con la misma instantaneidad que tiene el morir, fuera alcanzado por un destino que privó tanto al enamorado como a su amada, de realizar su amor. En ese caso, todo sería meramente imaginativo, simbólico.

Puede entenderse, en otra interpretación, en cambio, que el enamorado en realidad nunca estuvo soñando, sino que imaginó una excusa de ser perseguido por la Muerte para lograr acceso a la habitación de su amada; pero quiso su mala suerte que su excusa se transformara en realidad al romperse el cordel y caer al suelo; con lo cual, en vez de constituir una expresión poeticamente sublimada, en realidad el romance tendría hasta un contenido jocoso.

De todos modos, este tramo final también está conformado por un relato objetivo, otra vez en boca de un observador externo; y un discurso directo, en el cual solamente habla la Muerte. La fragilidad de la vida aparece entonces simbolizada por un cordel de seda, que se rompe. En los últimos versos, la reaparición de la Muerte expone la inexorabilidad del destino del hombre.

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